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viernes, 14 de mayo de 2021

PIDAMOS LO IMPOSIBLE

En estos días de reclusiones y toques de queda, impuestos de correndilla, para conjurar los efectos deletéreos de la semana santa y el “transca” gratis de Dau, me he tomado el trabajo de repasar un poco de historia sobre la protesta, la manifestación y la revolución y, la verdad, la vaina no es tan sencilla, ni se reduce a unos vándalos peleando contra unos policías, como pretenden hacernos creer estos dirigentes de pacotilla que nos gobiernan.

 

Sea lo primero decir, que en general las únicas marchas 100% pacíficas son las procesiones y algunas celebraciones populares. De hecho, en Colombia ni las celebraciones son pacíficas. No es si no que recordemos los triunfos deportivos en futbol, que generalmente van seguidos de desordenes, vandalismo, violencia y hasta víctimas.   En realidad, las marchas de protesta, que son tan viejas como los mismos gobiernos, aliadas de los festejos populares y de los huelguistas, y que han logrado cambios significativos en el mundo, han sido bastante movidas, con altas cifras de daños y víctimas y, los resultados obtenidos, han obedecido a que los gobiernos han tenido que ceder ante la presión de los protestantes.

 

Otra gran falacia que se ha organizado alrededor de las marchas de protesta es creer que, si el líder u organizador es un reconocido pacifista o defensor de la paz, entonces la marcha será pacífica. Craso error. Las marchas, los plantones, los cacerolazos y todo este tipo de inventos, son concebidos y planeados para protestar o hacerse escuchar a través de pancartas, cantos, himnos, gritos, sonidos y arengas. El Estado, que siempre ha creído y porfiado por la ilegalidad e inconveniencia de las protestas, envía a sus fuerzas para “vigilar” el normal desarrollo de la manifestación y “evitar desmanes”. El resto es pan comido. Solo es necesario que el infiltrado, el policía, el vándalo, quien sea, haga el primer movimiento y como decía Mockus: arranca el tropel. Fusiles contra piedras. Nada mejor para un gobierno inepto y despótico al que se le reclaman derechos escamoteados, que culpar a los que protestan de lo que ellos mismos provocan.

 

A quienes se desgañitan en twitter, mostrando como modelos de protestas pacíficas a los procesos de Gandhi y Martin Luther King, les tengo una mala noticia: estos procesos, liderados por grandes hombres defensores de la coexistencia pacífica y de los derechos humanos, no han sido precisamente un modelo de protesta pacífica y libres de atropellos, violaciones y   toda clase de barbaridades por parte de gobiernos represivos. Gandhi y su gente fueron apaleados y encarcelados en casi cada marcha de desobediencia civil y nadie olvida los trágicos episodios de Amritsar, el 13 de abril de 1919, cuando el ejercito invasor inglés, alegando que se reunieron más de 5 hindúes, disparó mató 359 e hirió 1200. Los ingleses dijeron, obviamente, que habían respondido a ataques de los manifestantes.

 

Por los lados de las luchas pacíficas del Dr. King, a favor de los derechos civiles y en contra de la discriminación, la cosa no fue diferente. Masacres, asesinatos, violaciones, torturas y todo tipo de barbaridades, fueron el factor común en las protestas emprendidas por este pacifista, que terminó siendo asesinado en un oscuro episodio en la ciudad de Memphis, Tennessee. En todo Estados Unidos, las fuerzas policiales han cometido violaciones de derechos humanos, atroces y generalizadas, en respuesta a maifestaciones mayoritariamente pacíficas contra el racismo y la violencia policial sistémicos, que incluyen el homicidio de personas negras. Amnistía Internacional ha documentado 125 casos distintos de violencia policial contra manifestantes ocurridos en 40 estados y el Distrito de Columbia entre el 26 de mayo y el 5 de junio de 2020. El término brutalidad policial ha sido acuñado, precisamente, para designar la forma como las fuerzas del orden americanas han intentado acallar la protesta ciudadana.

 

Contestar con balas a quienes, en tiempos de hambre, miseria y desigualdad, exigen pacificamente sus derechos, o la derogatoria de reformas y leyes infames, es la peor de forma de ser un pésimo gobierno. Nada de lo hecho por los manifestantes en las marchas,  da derechos a un gobierno a asesinar y maltratar a su gente. Responder con los fusiles a un país que solo exige soluciones a las grandes deficiencias estructurales de su modelo económico y de gobierno, es reconocer el fracaso de un sistema y de una dirigencia cretina, que hoy toda la comunidad internacional señala sin tapujos.

 

Se equivocan y no están ni tibios, los bobazos de las redes que creen que con procesiones  y cánticos, se le va a torcer el brazo a un régimen despótico y represivo,  eso jamás ha ocurido y nada se gana asustándose, criticando y aculillándose,  por unas barricadas, unos bloqueos y unas ventanas rotas, resultantes de la represión oficial.

 

El Boston Tea Party de 1773, la Revolución Francesa de 1779,  La marcha de la Sal de Ghandi en 1930, La Marcha Sobre Washington de Martin L. King en 1963, La Primavera de Francia en 1968, Las marchas de los Lunes en Alemania en 1989, La revolución Cantada de Letonia, Estonia y Lituania en 1987, Las revoluciones de Colores o Las Flores en Georgia, Ukrania, Líbano y Kirguistán en 2003, La Euromaidan de Ukrania en 2014 y, la Primavera Árabe que comenzó en 2010 y aun no termina, todas, sin excepción, triunfaron y lograron cambiar el mundo, no por pacíficas, sino porque los pueblos resistieron y pusieron altas cuotas de sacrifico ante gobiernos que, con el peregrino expediente del vandalismo, pretendieron acabarlas a punta de AK-47.

 

Cada vez que comencemos a protestar para reivindicar nuestros derechos, tengamos presente la vieja consigna de Herbert Marcuse, en la inolvidable primavera de París de Daniel el Rojo: Seamos realistas, pidamos lo imposible.

 

 CARTAGENA, 14 DE MAYO DE 2021

lunes, 15 de febrero de 2021

GOBERNANTES DESASTROSOS

En la historia de la humanidad no escasean los gobernantes desastrosos, hay tantos que es dificil escoger, y aunque esta lista podría completarse  fácilmente, solo con personajes colombianos, también hay que darles cabida a algunos de otras latitudes. De hecho hay quien asegura que en esta lista existen personas que bien podrían haber salido directo del manicomio, al cargo de gobierno para el que fueron elegidos.

 

Aunque no lo creamos,   el más delirante y loco de la historia todavía está entre nosotros, y no se trata del que todos estamos imaginando. No, no, ese es un caso aparte. Se trata de Yahya Jammeh, que se hace llamar «Su Excelencia el Presidente Jeque Profesor Alhaji Doctor Yahya Abdul-Aziz Jemus Junkung Jammeh», y gobernó Gambia tras un golpe de estado en 1994. Aunque fue sacado a rastras del cargo en 2017, aun se sigue haciendo llamar su excelencia y sosteniendo que cura el Sida y la infertilidad femenina, por pura inspiración mágica. 

 

Sean de Gambia o sean colombianos, lo cierto es que estos desastres se parecen el uno al otro, y si miramos sus actuaciones encontraremos que todos operan bajo un patrón casi identico: Prepotentes, autocomplacientes, vulgares, indolentes, indisciplinados, e imprudentes. Casi nunca pueden explicarse como llegaron al cargo, para el que nunca se prepararon, lo que los hace temerosos de ser removidos o revocados. Sufren delirio de persecución y el tiempo que deberían dedicar a la gestión para la que fueron designados o elegidos, lo dedican a pelear, insultar y defenderse de enemigos imaginarios y a crear cortinas de humo y situaciones en las que mantienen vigencia, mediante el populismo y la manipulación de una cáfila de aduladores ingenuos y desorientados.

 

Tan pronto descubren su incapacidad para enfrentar el problema en que se metieron, inician una vieja estrategia para impedir que el público se interese por los problemas esenciales de la ciudad o el país. Se trata pues de mantener la atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivados por temas sin importancia real. Se la pasan haciendo videos y escribiendo en las redes,  sobre temas frívolos, con terminología equívoca y sospechosa que incita a la recocha y el desorden: Como cuando el presidente dice “lo  querí” y duramos dos semanas riéndonos, mientras nos olvidamos que no tenemos vacunas para el Covid. O como cuando el alcalde se sube a un tractor de juguete, para amenazar a sus opositores con quitarse un yeso de utilería que lleva puesto, y de inmediato comienza el perrateo que nos hace olvidar que la ciudad se cae a pedazos. Se trata de convertir el día a día de la administración en un reality show, donde el que haga más locuras es el más popular.

 

Cuando esta estrategia se les desgasta recurren al peor de todos los métodos: Crear problemas o situaciones que inciten al público a exigir soluciones, para luego aparecer como salvadores proponiendo las soluciones que todo el mundo pide. No comprar las vacunas a tiempo es un problema creado por la propia administración, administración que luego de que el pueblo suplique y proteste, finalmente traerá las dichosas vacunas y muy seguramente el presidente aparecerá sonriente, pidiendo reconocimiento en televisión como si fuera el gran estadista salvador. O como cuando un alcalde hace la embarrada de ordenar no pagar unos peajes que el mismo validó y prorrogó y logra que la gente proteste pidiendo no más peajes, para luego de formado el bochinche, salir a hacer arreglos piratas para resolver el problema y aparecer como salvador. Son estrategias caza bobos, que casi siempre son aplaudidas por el grupo de seguidores que el gobernante desastroso utiliza, para sus fines populistas y de evasión de sus responsabilidades.

 

Es muy común en estos personajes funestos, hacer a cada instante  videos de autocomplacencia, para pedir aplausos y reconocimiento al grupo de bobazos que lo sigue a todos lados,  y donde aparece como el gran solucionador de la gran embarrada que el mismo cometió y que en medio de su desorden mental cree que ya a todos se nos olvidó.

 

Reflexionando con  el gurú y politólogo, Noam Chomsky: No escuchar principios básicos de buen gobierno. Consolidar el esquema de nosotros los buenos y ellos los malandrines. Gobernar con fiigurones de segundo nivel para acallar el debate interno, silenciando la argumentación y la deliberación. No escuchar al ambiente externo porque se lo imagina lleno de gente mala e ignorante. No aceptar que hay un conocimento creativo y productivo. He ahí las causas de los errores de los gobernantes desastrosos.

 

Como dijera Albert Camus: en política, son los medios los que justifican el fin.


https://es.wikipedia.org/wiki/Rodolfo_Diaz_Wright